Cuando nuestros seres más queridos se van haciendo mayores y necesitan de ayuda para estar cuidados y atendidos como se merecen en su día a día, muchas familias, e incluso ellos mismos, aunque disfruten de un aparente buen estado de salud, se plantean en algún momento cuál es la mejor opción, si con una cuidadora profesional (interna o externa) en su propio domicilio o bien, en una residencia de mayores. Esta es una difícil decisión y de muy complicada vuelta atrás, por una serie de implicaciones que conlleva y de razones que trataremos de exponer a continuación. 

Hasta hace pocos años la mayoría de las familias consideraban que la mejor opción para sus mayores era llevarles a una residencia, por la creencia generalizada de que además de estar mejor atendidos, podrían disfrutar de nuevas relaciones sociales y actividades de animación y entretenimiento mediante dinámicas de grupo con otras personas de edades parecidas, pero este cambio de entorno puede llegar a ser muy duro, hasta traumático, que les suele generar mucha tensión (muchos estudios de profesionales demuestran cuadros depresivos y de estrés), desorientación y confusión, y hasta una posible sensación de tristeza, aislamiento y abandono, provocada por el radical cambio en sus hábitos y rutinas, una pérdida de intimidad, una ruptura con todo lo que conocen, más allá de los elevados costes mensuales, y de que en muchos casos el personal sanitario de esas residencias, tanto públicas como privadas, a pesar de su indudable cualificación y dedicación, es insuficiente y las condiciones no son las más óptimas para que los mayores se encuentren como todos desearíamos. 

En definitiva, es un cambio que en cualquier caso supone una obligada adaptación que no todas las personas están en condiciones de afrontar, y que en muchos casos también provocan un sentimiento de culpabilidad en los familiares.

No obstante, en función del estado físico o mental de nuestro familiar, hay casos específicos en que los servicios de una residencia sí que pueden ser casi imprescindibles (y prácticamente imposibles de realizar en la vivienda, por lo que no quedaría otro remedio que llevarles allí), como ocurre con grados de dependencia muy altos por una enfermedad, una demencia, una discapacidad que obligue a utilizar equipamiento médico especial, salas de tratamiento o áreas específicas mejor adaptadas para facilitar sus movimientos en sillas de ruedas, o acompañados del personal sanitario (pasillos, aseos, habitaciones, comedores, otros espacios sin barreras, …).

Pero ya en los últimos años ha habido un claro cambio de tendencia en las preferencias y cada vez es más frecuente decidirse por la asistencia a domicilio como alternativa real a las residencias, para que nuestros mayores puedan “envejecer” con toda la calidad de vida posible en sus hogares, garantizando su bienestar y su comodidad. 

¿Por qué es mejor una cuidadora a domicilio?

La posibilidad de poder contar con los servicios de una cuidadora de personas mayores a domicilio ofrece muchas ventajas tanto a nuestros mayores como a la familia, además de permitirles mantener una cierta autonomía e independencia. A modo de ejemplo:

  • Atención personalizada, constante y exclusiva por parte de profesionales que realizan un trabajo muy especial y cualificado, asegurando que nuestros seres más queridos estén rodeados de cariño y en la mejor compañía, atendidos con un trato muy cercano y de la máxima confianza, y además, en su entorno habitual de toda la vida, su hogar.
  • Ayudándoles en todo lo que requieran: higiene personal y aseo diario, toma de medicación, control de su alimentación y dieta, compañía de día y de noche, paseos y actividades varias (ejercicios de mantenimiento, de movilidad, mentales, de memoria,…), ayuda para acostarse y levantarse, simplemente darles conversación y escucharles (muy importante), …, y por supuesto encargándose de todas las tareas domésticas habituales. 
  • Mantener una cierta intimidad y espacio propio en el hogar, además de sensación de tranquilidad y protección. 

En cualquier caso, teniendo en cuenta todo lo expuesto, sin olvidar el considerable coste de las residencias (servicios, infraestructura, personal, …) que no todas las familias se pueden permitir, y conociendo los pros y contras de una decisión tan importante, aún teniendo nuestra propia opinión, deberíamos de permitir que sea él o ella quien decida lo que desea hacer y dónde prefiere pasar sus próximos años y con la mayor calidad de vida posible, si en su casa o en una residencia, aunque la mayoría si pudiese elegir preferiría continuar en su “dulce hogar”, por ser hasta parte de su propia identidad.

Para todos es fundamental mantener su entorno social, su ambiente y rutinas habituales, poder seguir en contacto con los amigos y vecinos de siempre, rodeado de sus recuerdos, por lo que si pueden ser atendidos y cuidados por un profesional con experiencia en su propia casa, parece que es la opción ideal, sin tener que renunciar a todas las ventajas mencionadas, y con toda la tranquilidad, seguridad y cercanía que aporta a los familiares. 

La asistencia en el hogar por parte de estos cuidadores ha cobrado especial importancia y se ha confirmado sin duda alguna como la alternativa más segura para nuestros mayores y la más demandada a partir del confinamiento obligado por la pandemia del COVID-19. La obligación de permanecer en casa, sobre todo para los mayores de 70 años, y el temor actual y futuro a que sigan siendo los más afectados por nuevos brotes de coronavirus, unido a la grave situación que desafortunadamente han vivido la mayoría de las residencias de ancianos y la enorme inseguridad e incertidumbre que todavía van a generar estos centros al menos durante los próximos meses, ha mostrado las ventajas y beneficios decisivos que aporta el cuidado de los mayores en su propio domicilio, garantizando su comodidad, salud y bienestar, y minimizando todo lo posible los elevados riesgos de contagio a los que todos estamos expuestos en la actualidad, que evidentemente son muy superiores en las residencias y que ha provocado que hasta los propios mayores tengan mucho miedo a regresar a sus centros habituales después del verano, a pesar de que exista la posibilidad real de que puedan perder su plaza en los centros de carácter público.

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